
Cuando era niño soñaba con pilotar aviones, la sensación de volar siempre le había maravillado y no quería morir sin haberlo probado.
Ya de adolescente, tras morir su madre y su padre beberse hasta el agua de los floreros, no existía nada que le pudiera robar su sueño.
De treintañero ya había sucumbido a la heroína, sin dientes, pesando apenas 37 kilos, y sin pelo en la cabeza, era capaz de seguir llevando a su hermano pequeño al colegio, hermano putativo, su padre, una noche , muy borracho,cosa que aún se pregunta,cómo coño pudo dejar a aquella zorra preñada.
Nueve meses más tarde se lo dejaron en casa igual que a los ricos le llevan la compra.
Pese a todo eso seguía queriendo poder volar.
Después de casi doce noches, de agujas y vino fuera de casa, recordó el camino de vuelta,regresó de madrugada, abrió la puerta, recorrió el largo pasillo hasta llegar a la habitación de Rafa, quería darle un beso, sin embargo el niño no estaba,lo buscó por toda la casa sin exito hasta que desesperado se dirigió hacia el balcón y nada más correr la cortina, lo encontró allí, tirado en el suelo, encogido, saltó sobre él pero ya era tarde, el niño había muerto, sin comida y helado, castigo que le había puesto su padre tres días atrás por derramarle la última copa de ginebra.
Gritó desesperado sacudiéndolo.
Miró la barandilla fijamente, subió a ella y sin pensarlo se lanzó.
Realmente, volar, tampoco era para tanto.